4.8.17

Whatever gets you thru the night

Americano por excelencia. Así podría empezar a describir a Nemo, mi compañero de campamento (dejemos su verdadero nombre afuera de la cuestión), pero no alcanzaría a llenar todos los casilleros. Neoyorquino ocurrente, divertido y hábil, de porte musculoso, rubio y de ojazos claros, daba más para tapa de revista que para ser humano.
Era el único en un grupo de treinta personas que más o menos ubicaba Argentina en un mapa y conocía -algo- de costumbres foráneas. Tocaba la guitarra (sabía de memoria los acordes de Despacito, habilidad que se vuelve inútil pasando el 2017), trepaba a los árboles y competía con otros -machos América- para ver quién tenía más fuerza, destreza, o se bancaba mejor las picaduras de bed bugs (también llamados Chinches en Latinoamérica).
Me prestó su cámara para sacar fotos bajo el agua en más de una ocasión y me ayudaba a subir mi valija-monstruo colina arriba.
Se manejaba en español lo justo para hacerme reír y eso era más que suficiente… Hacía rato nadie me hacía reír hasta llorar. Hasta que los ojos lagrimean y los pulmones duelen y falta el aire y ya te reís más de la forma en la que te reís que de los chistes en sí.
En los ratos libres jugábamos a las cartas y nos burlábamos de los nombres que les ponen a los dibujitos animados de éste lado del mapa (daría todo por volver a escuchar su manera de pronunciar “Castores Cascarrabias”). Una vuelta nos pusimos a discutir las diferencias biológicas entre pajaritos, patitos y pollitos, basándonos en distintos personajes de la Warner… Que Tweety es un pajarito amarillo y en español lo llamamos Piolín, que Daffy Duck es un pato y le decimos Lucas, y que pollito es el de La vaca y el pollito.
Nuestra conversación se dio en el medio de un cementerio así que nos comimos un buen reto. Pero no nos importó, la verdad es que lo que sucedía a nuestro alrededor mucho no afectaba. Nos abstraíamos del contexto constantemente. Compartíamos un mundo que sólo podía darse y existir en ese limbo que osábamos llamar realidad, pero que evidentemente no lo era porque ninguno se animaba a revelar su verdadero yo. Nos veíamos obligados a enfrentar desafíos ficticios y hacer de cuenta que todo podía terminar mal, cuando claramente estábamos en un entorno cuidado, más que seguro.
La última noche que pasamos juntos salimos a pasear por Tel Aviv y terminamos en Kuli Alma, un bar enorme plagado de lucecitas de colores, murales, graffitis, gente copada… Embelesados por el ambiente, dejamos pasar las horas agarrados de la mano con una inocencia propia de chicos de 16 años. Con el dedo índice me dediqué a recorrer las venas en su brazo de arriba a abajo y arriba de nuevo. Parece que emanábamos ternura, porque se acercó el dueño del lugar a ofrecernos tragos a cambio de sacarnos una foto para el Instagram del bar. Miradas cómplices de por medio, aceptamos, y terminamos en el celular de un ajeno, envueltos por stickers y corazones.
Sentados en el piso contra una pared repleta de mensajes anti guerra, charlábamos y nos hacíamos compañía esperando a que se hiciera hora de ir al aeropuerto. No queríamos irnos de Israel, pero además nos negábamos a despedirnos.

Tel Aviv, Israel
Horas después, y aunque aún no había amanecido, estábamos en el aeropuerto hablando de próximos destinos (él volvía a casa, yo volaba hacia París), y jugando con la idea de volver a vernos en el futuro.
Ahí fue cuando asimilé que una etapa de mi viaje estaba llegando a su final y que me tocaba enfrentar un nuevo rumbo. Me invadía la expectativa, la incertidumbre… Mi cuerpo no terminaba de acostumbrarse a esa felicidad de estar triste, a ese sentimiento de melancolía, y ya tenía que hacer diálisis de la ansiedad que me provocaba saber que en pocas horas iba a estar pisando suelo europeo.
Luego de hacer el check in, cada uno por su lado, nos reencontramos cerca de unos asientos acolchonados y nos apropiamos del espacio. Distribuimos valijas, paquetes y bolsitas por todos lados y jugamos a pronunciar calles raras en inglés.

Me acomodé en su hombro, él se apoyó en mi cabeza; y así nos quedamos paulatinamente dormidos, sabiendo en el fondo que esa iba a ser nuestra última siesta.

20.7.17

Volver a despertar después de presenciar el amanecer

Esta es la descripción de una siesta vivida en Israel, que llegó acompañada de otros tantos participantes, diría más de 20 seguro (No recuerdo haber tenido una siesta así de concurrida desde el jardín de infantes más o menos).
La noche anterior habíamos compartido anécdotas en el desierto con música de Coldplay de fondo, seguido de un fogón que nos mantuvo despiertos y cantando -a pesar de que no había una guitarra-, para concluir en un desayuno conformado por galletitas dulces y un café arábico, negro y amargo, minutos antes de que amaneciera y empezáramos la subida a Masada.
Cada pequeño descanso que íbamos teniendo en el camino lo dormíamos. Un ratito en el micro, otro esperando a que el sol asomara por detrás del mar muerto, de a pequeños cortes entre charlas intensas (y sobre todo acaloradas) en diversos lugares históricos… En fin, dónde podíamos y cómo podíamos.
Durante el recorrido jugamos a gritar todos juntos, en manada, logrando un eco en formato boomerang, que así como iba volvía a los pocos segundos, dando la sensación de que nos gritaba de lejos la hinchada de un equipo de futbol.
Llegado el mediodía, justo cuando más de uno estaba preparado para izar bandera blanca, vislumbramos en la lejanía un hostel que nos iba a proveer de comida y aire acondicionado (bendito seas siglo 21).
Nos presentamos en la puerta todos transpirados hasta la médula, bañados, empapados y centrifugados en gotas de sudor que dejaban aureolas de transpiración en la ropa y que, calculo yo, acumulaban suficiente agua para -mínimamente- hacer crecer un árbol.
Exhaustos pero aliviados, nos dimos un panzazo hermoso con el banquete que nos esperaba, repleto de panes, quesos, fiambres, frutas y legumbres, especias, jugos raros, yogures y cereales. Cantidades infinitas de comida, que provocaban empujones y corridas. Una y otra vez, los platos se llenaban, vaciaban y volvían a llenar, no había tiempo de degustar, era engullir una delicia atrás de otra sin pausa, sin freno ni consideración.
Era el hambre acumulado del no dormir hace días, del calor que nos hacía sudar todos los nutrientes, de la felicidad de mirar por las ventanas el desierto enorme, voraz y fagocitante, de la charla sugerente. El tren seguía su marcha sin paradas, hasta que, en algún intervalo de esa vorágine, dejamos de ingerir comida, pero sin perder jamás el hambre.
Luego de un rato, agotados de tanto masticar, nos fuimos levantando y acomodándonos en el lugar que nos hospedaba. ¿Mi elección inmediata? La pileta. No tengo recuerdos de haberme sacado la ropa; simplemente mojé un pié para testear la temperatura del agua, y al notar que estaba fría, me entregué sin más a esa promesa de paraíso terrenal.
Me dediqué a flotar, mirar el cielo despejado y nivelar de a poco mi temperatura corporal interna, aunque fuera tan sólo temporalmente (después de todo sabía que tarde o temprano me iba a tener que volver a someter a ese sol quemante y tajante).
Resignada ante tal destino cruel, salí de ahí para encontrarme con mis compañeros distribuidos aleatoriamente en una especie de jardín cuadrado de pastito artificial, buscando sombra debajo de las palmeras.
Encontré con la mirada un lugarcito que me hiciera sentir guardada y me arrojé elegantemente a descansar boca abajo, apoyada sobre mis brazos.

Antes de entrar en un sueño profundo, casi de coma, espié a mis alrededores traviesamente y sonreí frente a mi descubrimiento. El lugar que había escogido era lógico, casi ideal. Entusiasmada, me rendí a un sueño lejano, risueño, letárgico.


Cerca del Mar Muerto, Israel

13.7.17

(8)33

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Empecé a ser consciente del deseo corriendo entre mis venas cuando tu voz se hizo presente entre mis desvaríos. Que irónico que, estando en un cementerio, rodeados por la muerte, nuestro intercambio de palabras me hizo sentir más viva que nunca. Es que tu voz, tu dulce y resonante voz (la cual soy incapaz de representar, mucho menos de reproducir, por más de que mi cabeza lo intente), me elevó y me guió a lo largo de todo el viaje. No podía dejar de estar pendiente de esa voz, de tu perspicacia al comentar, tu forma original de jugar con las ideas, la conjugación de tus palabras, tu manera de expresar tu punto de vista, el modo que tenías de hacerme vibrar con cada consonante y cada vocal que pronunciabas. Era imposible concentrarme en otra cosa que no fuera en las preguntas que hacías. Mi razonamiento quedaba colgado como ropa recién lavada craneando posibles respuestas o alguna repregunta que te hiciera darte cuenta de que soy algo más que un simple animalito. Que pienso por mí misma y que siento mucho más de lo que pienso. Tanto es así que una vez que dejo que ese remolino -de andá a saber qué- se apodere de mí, no le puedo bajar el volumen a todo eso que me pasa. Es como una radio a la que se le rompe el dial. Simplemente sigue sonando sin ningún tipo de control.
Me hiciste perder el control. Era capaz de hacer todo lo que fuera (humanamente) posible con tal de sentirte mío. Pero estás demasiado fugado de vos mismo como para pertenecerle a un otro. Decidiste escaparle a lo que rige como regla general y ser alma libre, emanciparte de todo aquello que te ate.
Y yo, voluntariamente, me hice creer que tu modalidad podía variar, como también lo habrán creído tantas otras. (Con esas habilidades en otros tiempos te habrían tildado de brujo y quemado en la hoguera... En fin...)
Somos varias -no nos engañemos- las que pudimos disfrutar de tus encantos, siendo conscientes en el fondo de que te estabamos tomando prestado por un ratito. Y, al menos yo, no pensaba desperdiciar esa oportunidad, ese 'mientras' que inocentemente imaginaba peripecia.
Estuve pendiente de tu sombra cual conductor principiante que maneja en ruta por primera vez. Los días de caminata eran mis preferidos. Si así lo querías, te acercabas a mí para preguntarme qué libro estaba leyendo o para debatir acerca de la educación en algún país lejano (basándonos en mínimas representaciones de la realidad, obvio, ¿pero a quién le importa?). Y si no, yo te buscaba a vos, atenta, expectante, esperando a que me dieras el pie para comentar algo o iniciar una charla, lo que fuera que me permitiera escuchar tu voz tan sólo un ratito más. Un poco más de anestesia hasta el próximo encuentro. Drogadicta a tu voz, dependiente de tu andar. Si lograba hacerte reír, mi alma extasiada descansaba de su constante tortura por unos segundos más.
Las dos o tres horas (quién sabe, yo al menos perdí la cuenta) del viaje más largo entre ciudades, fuiste todo mío. Ahí sí. Nos rodeaban los ronquidos y exhalaciones de treinta y nueve personas que dormían plácidamente, y vos y yo intercambiabamos creencias, ideales, reflexiones sinfín, en una lucha por abalanzarse sobre el otro silenciosa, pasiva. Reemplazamos las manos, los mimos, el contacto, por palabras arrojadas hacia el otro que escalaban intensivamente.
Que si hay un destino, que si existe la vida después de la muerte, que cuál es el propósito de todo... ¿Y qué importancia tiene todo eso? Si lo único en lo que puedo pensar, lo único que tiene sentido, es tu cuerpo aferrado a mi cintura, callándome con besos el tren de pensamientos.

Silencio. Desierto. La luna. Una foto.

                                                                                                                    El amanecer en Masada, Israel

En un abrazo pulcro y respetuoso contuve tus lágrimas. Era el primer contacto real, piel a piel, que tuvimos. La primera vez que pude apreciar el contorno de tu cuerpo y no sólo imaginarlo. A los dos nos costaba respirar, pero por dos motivos muy distintos. El tuyo, la melancolía. El mio, la agonía.
A medida que pasaban los días la tensión crecía, vos te alejabas, yo enloquecía.
La anteúltima noche y sin quererlo (pero muriéndome de ganas), extasiados y emborrachados, atragantados de alcohol pagado en moneda extranjera, tu cuerpo y el mío se encontraron. Y así como empezó, todo terminó. Apurado, a escondidas, impensado.
A pedido tuyo, me obligué a callar y salir de la manera más incómoda posible; en momentos espacio temporalmente distantes... Alejados como si fuésemos dos extraños en un ascensor.
Lección aprendida: Acceder no siempre implica estar de acuerdo con las bases y condiciones del juego.

De tu dulce voz me queda sólo un recuerdo y las ganas de volver a escucharte. Pero me dijeron por ahí que tu alma tiene dueña. Y a pesar de lo dulce que fue nuestro abrazo de despedida, sé que fui (o mejor dicho, siento que fui) una distracción de la rutina. Una excepción a la regla, un "ya que estamos..."
Así nomas. Sin tanto palabrerío, sin tanto filosofar.

26.2.17

Angustia

Intentemos describir algo tan inenarrable como la angustia, o mejor dicho, esa sensación que genera la angustia. Si tuviera que dibujarla como algo tangible, físico, que "está ahí", diría que se parece bastante a un agujero negro que a medida que se expande, toma forma de espiral. Cuanto más gira, esto es, cuanto más pensamos y más vueltas le damos a un asunto, más hondo cala y más nos cuesta "salir de ahí". 
La quemazón que provoca la acidez estomacal, es bastante similar a ese ardor que sentimos cuando la angustia nos invade, pero de manera más comprimida, más puntual, porque ataca directamente el lado izquierdo del pecho, ahí donde se ubica ese inencontrable espacio que llamamos corazón. Y, aunque no sabría explayarme sobre por qué ocurre ahí (y no en otro lado) o explicar las alteraciones químicas que suceden en el cerebro, solamente sé (o siento) que allí es donde se forja, donde surge, donde se siente nacer ese dolor insoportable que te priva de oír al mundo, te corta la respiración y te inunda en lágrimas.
En esas instancias, que se viven como eternas, estamos más conectados que nunca con el deseo de desapegarnos de todo, recurriendo al sueño como primer escape. Pero claro, es imposible dormir, porque los pensamientos incesantes se asientan cómodamente y te impiden entrar en un mundo alterno.


Recurrir a pastillas, calmantes y otros obnubilantes, suele ser el accesorio preferido para introducirnos en un terreno que nos promete, ante todo, armonía. Inevitablemente, los fármacos nos marean, nos confunden, nos relajan.

Pero al fin y al cabo, la única manera de atravesar ese oleaje de incertidumbre y destellos de un dolor que no promete mejorar, es hacer el esfuerzo de llegar al otro lado…
Semivivos capaz. Pero vivos al fin.

Muro de Berlín, Alemania

30.12.16

Frustración

No ser escuchada.
No entender un chiste interno ajeno.

Que te corten la calle y no pase el colectivo. Que el subte esté de paro.
Que el colectivo salga 13...
No, 15.
No, 16,50.
No, 18 pesos -por ahora-.
Que vaya completamente vacío y correr el riesgo de que te lleven hasta Ingeniero Maschwitz en un viaje non-stop.
No poder decir correctamente ni saber escribir la palabra Maschwitz.

Hacerte el chef y no poder preparar ni siquiera un té.
Preparar un plato de pastas finalmente y darte cuenta que no tenes queso rallado.
Tardar tanto en buscarlo que se te enfría la cena.
Que se te enfríen los comensales además y nadie te acompañe en la mesa.
Angustiarte y llorar cuando pensaste que no ibas a seguir llorando.
Buscar consuelo en un abrazo y ver que en tu casa están todos durmiendo. Abrazar al perro como alternativa.
Comprarte un acolchado nuevo y que tu perro lo mee todo para estrenarlo.

Mirar una serie pésima de televisión que involucra vampiros y brujas.
Darte cuenta de que no le estás prestando atención.
Rebobinar porque no entendes qué es lo que está pasando.
Volver a verlo y seguir sin entender.

Entrar en la ducha y darte cuenta que no queda más jabón, que es el equivalente a estar en el baño y quedarte sin papel higiénico.
Olvidarte de hacer pis antes de dormir y tener que volver a levantarte para prevenir tener que despertarte unas horas después.
No poder dormir.
Dormirte finalmente y despertarte a los gritos entre pesadillas.
Que te cueste volver a dormir y una vez dormida seguir de largo porque no sonó la alarma.
Llegar tarde.

Proponerte estudiar y no hacerlo. Pensar que lo vas a hacer al día siguiente. O al otro. O al otro.
No estudiar nada y que encima después te vaya bien en el examen.
No encontrar laburo. Seguir buscando a pesar de todo.
Querer cortarte el pelo para darle un toque más de estilo. Pasarte de rosca y quedarte pelado.
Cambiarte de fila en el supermercado creyendo que vas a hacer más rápido. Darte cuenta que no es así cuando la señora que está pagando tiene saldo insuficiente en la tarjeta.
Quedarte encerrado en el ascensor con vecinos con los que no te llevas y no da quedarte encerrado.
Salir con paraguas a la calle y que salga el sol. Salir desabrigado y que llueva.
Escuchar el zumbido de un mosquito en los oídos. Mirar para todos lados y no encontrarlo.

Querer ponerte tu perfume preferido y que esté vacío.
Querer ponerte tu remera preferida y que tu hermana la haya usado y ya esté para lavar.
Seguir apretando el pomo de pasta dental a pesar de saber que está vacío.











Las consignas de año nuevo.








                                    Hamburgo, Alemania

5.12.16

Olleros y Villanueva

En una esquina
Palacio de cristal
Color dorado

Invernadero
De espejos vidriados
Guarda un secreto

Tipo Art Nouveau
Refleja el sol naciente
Verde primavera






















Flotan banderas
Embajada con jardín
De extraño país

Emblemáticos
Faroles y máscaras
Garita afuera

Alguien se asoma
De traje y corbatín
¿A quién protege?

4.11.16

Artistas

Él escribe
su poema
en la tarde

Rumores pasan
por sobre las rosas
de las barrancas

El aire agita
las plumas color oro

El paisaje
se aliviana vuela
Con los cantos

Sus telas
de seda se asoman
por el horizonte

Bajo el arco tímidas
voces susurran
su nombre

El lunar
que la identifica aparece
bajo el silencio
de la noche

El fuego refleja
en su rostro los tilos
se queman


El polen vuela libre                                                                                                                Budapest, Hungría

2.11.16

Dentro del claustro

Voces calladas
Los libros en estantes
El sol asoma.

La sala soleada
Sumergida en silencio
Aprisionada.

Sol tibio
Mañana calurosa
Piel relajada.

Un charco
calle inundada
de nubes.

Cubierto de flores
no se sabe si es camino
o primavera.


Praga, República Checa

28.10.16

Cuarentena

Van cuarenta días sin verte. Y pensar que antes no aguantaba ni tres. En este tiempo creo que pasé por toda la gama de sentimientos posibles. Del amor al odio y al amor de nuevo en cuestión de segundos. Minutos. Horas. Siempre esperando a que pase el tiempo. A que no duela tanto. A respirar de nuevo. Porque la angustia te genera eso, te da esa sensación de “hasta acá llegaste, ahora te voy a oprimir tanto el pecho que el aire no te va a llegar a los pulmones y vas a sentir que te estás ahogando”. Pero entonces recuerdo que esto también va a pasar y me esfuerzo por respirar. No me calmo, pero me distraigo, y eso me lleva a un lugar similar al de la calma. Mi cabeza se llena de imágenes tontas de series tontas que no están ni remotamente relacionadas al amor, porque si no lloro. Porque paso por la esquina donde me dejaste y lloro. Porque paso por la puerta de tu casa y lloro, y escucho tu nombre y lloro y pienso en vos y lloro. Parece que todo me llevara de la manito a llorar. Un llanto desconsolado, intenso, horario. Horario porque se puede dividir en horas, dura horas. Si el día tiene 24 horas hay 6 que “duermo” soñando que estamos juntos de nuevo y me querés y la vida sigue como yo pensé que iba a ser el resto de mi vida. Las otras 18 horas las lloro, las recorro, las aguanto, espero a que pasen y ya. No me sale concentrarme en nada más que en el dolor que me provoca el que me hayas dejado de querer. La mentira del “te amo” hasta el último día. La timidez de mierda, el que no hayas podido afrontar y decirme a la cara las cosas. Porque “no te odio, no estoy enojado, te amo, pero así y todo, te dejo” no tiene ningún sentido. Yo solita tuve que entender que aunque tus palabras decían una cosa, tus acciones me mostraban otra. Y vuelvo mentalmente al último beso, al último abrazo, a la última caricia, todo el tiempo.
Pero me obligo a salir. A donde sea. Pero salgo. Ya pase por la casa de todas mis amigas, de todas mis primas, ya no comí la comida que me daban, ya escuché mil veces el “pero tenes que comer algo”, el “ya vas a estar bien, es cuestión de tiempo”, el “es para mejor, por algo será” y todas esas frases inventadas que buscan hacerme sentir bien y me causan todo lo contrario… ¿Y qué si no quiero estar bien? Si no quiero avanzar, no quiero mirar para adelante y verme sola de nuevo, o peor, con alguien más. Si me quedé hechizada con los ojitos verdes y no quiero volver a mirar otros ojos… 
Al final, me tengo que convencer que no eras la persona para mí por esto o por aquello y seguir, sola. Reinventarme. Cambiar el color de pelo, el corte, la forma de mi cuerpo, la ropa, guardar las fotos y los regalos y los recuerdos en algún lugar recóndito y de a poco dejar de llorar.
Y salir. Seguir saliendo y distrayéndome. Hasta que en algún momento dejan de ser distracciones para convertirse en un “pasarla bien” y así hasta llegar a divertirme. A volver a reír como lo hacía antes. No tan intensamente como me reía con vos, pero en algún momento va a volver esa intensidad a mí y voy a ser imparable. 
Voy a estar renovada, lista para un nuevo amor, nuevas aventuras, cambiar de aire. Y es que necesito eso, cambiar de aire. Por eso te bloqueé de todos lados. 
De mi corazón, sí, seguro, pero también de las redes, para no ver lo que es de tu vida sin mí. Prefiero imaginarte como eras antes, antes de recibirte, de pelarte, de viajarte todo, todo sin mí. Porque comprendo de a poco y aunque me duela que podes vivir sin mí, y entiendo que yo también tengo que poder vivir sin vos. Repito, aunque me duela. Entonces me quedo con esa imagen de lo que eras conmigo. No quiero saber quién sos estando solo. Saliendo con amigos, conociendo a alguna piba que te haga mejor, que te banque cosas que yo no.
Pasé por fiestas donde se suponía que tenías que estar, lloré lo que tenía que llorar, fumé uno que otro cigarrillo y tosí como una bestia. En un acto trágico de violencia hacia mi cuerpo, se ve que no se me da más eso de fumar cuando estoy mal. Pero si se me da el no comer más. Cuando la angustia es tanta que no te permite respirar, la garganta se te cierra por completo, los ojos se te llenan de lágrimas y la comida no pasa. Hoy peso 54 kilos. Record.
¿Me hace feliz pesar 6 kilos menos? No lo sé. Pero me gusta la sensación de tocarme las costillas, de sentirme más frágil, más liviana. La ropa me entra mejor, los jeans me quedan tan grandes que mi abuela me regaló un cinturón, tengo que volver a usar viejos corpiños porque voy retomando mi forma original… Creo que prefiero ser gordita y feliz que flaquita y depre, pero me viene genial bajar de peso.
Probé cosas nuevas, eso sí. Cursos de escritura, de inglés, de danza aérea con arneses… Este último mi preferido, me dejó unos moretones violetas hermosos. A veces me gusta ver mi cuerpo magullado. Ver que lo que siento por dentro se refleja afuera. Escuchar “se nota que estas más flaca”, “que mirada triste que tenes”. Pero también me hace bien escuchar todo lo contrario; “Hoy te veo más entera”... ¿Qué onda esa frase? ¿Sin vos “no estoy entera”?
Tengo pánico a que la gente me pregunte por vos porque… ¿Cómo hablo de vos? ¿En pasado? ¿En presente? Para los nuevos sos mi ex, para los que te conocen tengo que estar aclarando cuál ex sos. Con mi familia es más fácil, te llamo por tu nombre y ya. ¿Y? ¿Qué se siente andar por la vida diciendo "mi ex"? ¿No es espantoso?  
También probé el famoso curso del arte de vivir, que me hizo llorar y descargarlo todo como una condenada. Cada vez que tenía que inhalar y volver a exhalar, era un esfuerzo descomunal, donde sentía que mi cuerpecito pequeño y frágil no iba a aguantar un segundo más. Que mis costillas, ahora notorias, iban a hacer un sentido “pop” y se iban a quebrar en miles de pedacitos. Todo eso sentía. Porque uno siente todo a flor de piel. Nada pasa afuera, en la vida real. Pero pasa adentro. Adentro pasan miles de imágenes que hacen “pop” y te aparecen y no las podes sacar aunque quieras. Los proyectos a futuro, las promesas que nos hicimos, la última vez que me dijiste mi amor… Uf, esa sí que no me la podía dejar de repetir en la cabeza, hasta que de a poco empecé a olvidar el sonido de tu voz. 
En fin, terminé el curso, cerré una etapa y por unos días dejé de llorar. Buena señal. Y además me di cuenta de que toda pérdida tiene alguna ganancia; en mi caso fue un oído más atento, más agudo. Pude entender de otro modo todas las historias de amor de la gente que me rodeaba, y me pregunté cómo es que no las había escuchado antes. Si seguramente ya me las habían contado, cómo es que ahora escucho todo de una manera totalmente distinta, más crítica. Que tal se fue y volvió a los tres meses, que tal otro se fue para nunca volver, que no sé quién amaga con irse todos los días y no desaparece más… Y quiero creer que alguna de esas miles de historias se puede llegar a cumplir con nosotros. Que te fuiste no porque "se te fue el amor" -frase que detesto-, sino por una crisis existencial tuya. O porque las cosas iban demasiado rápido. O por alguna de esas pavadas por las que los hombres de repente se borran y vuelven arrepentidos a los pocos meses… Pero pasan los días y me doy cuenta de que no es así. Que nuestra historia es distinta. Que de la separación no se vuelve y no tengo que esperar más a que ocurran cosas imposibles.
Y sigo sin esperarte pero esperando. Esperando a que me escribas por una serie o una película que viste, porque es una fiesta, fin de año, mi cumpleaños. Porque pensaste en mí. Pero cada día que pasa es una reafirmación de que ya no pensas en mí. Y si lo haces, no es de la manera en que lo hacías antes. Con deseo, con amor.
Y no puedo evitar imaginar en quién podes estar pensando con deseo, con quién compartís la cama ahora, quien te hace compañía por las noches cuando te cuesta dormir. Y desvío los pensamientos de ahí porque sé que lo único que van a provocarme es daño.
El fin de semana pasado salí. Pero salí en serio. Después de que pasó un mes de la última vez que te vi salí con ganas de salir. Tener ganas para lo que sea en estos días es algo prácticamente milagroso, pero bueno, salí. Fui a bailar, me divertí, tomé, grité. Grité tu nombre con cada canción de despecho que pasaban. Me hice creer a mí misma que te tengo superado y bailé y me descontrolé completamente.
Le dejé mi número de teléfono a más de uno incluso, ruego que no me escriban, no me llamen, no me hablen, porque después de todo, admitámoslo, no sos vos. 
Por eso tampoco pude estar con nadie. No pude hacer más que bailar con chicos que medianamente me llamaban la atención y sentir… Nada. Porque tocar la mano de otra persona que no fueras vos era sentir nada. Ni asco, ni tristeza, ni deseo. Nada. Me niego a besar a nadie más, no porque esté esperando a que vos vuelvas, sino porque nadie en este momento me genera deseo. Puse todo mi amor en vos, creí en el “para siempre”, confié en los planes que teníamos y ahora no puedo mirar para otro lado. Dentro de un tiempo seguramente pueda creerme de nuevo lo del “para siempre” con otra persona, pero por ahora no puedo. No quiero, me niego.
Así que acá estamos. Menos lágrimas, menos espera, más tranquilidad. Todavía apareces en algún que otro sueño, seguro. Todavía espero encontrarte cada vez que doy la vuelta en una esquina, que voy a un bar lleno de gente, que salgo con amigas. Si estoy en la calle siento que te voy a encontrar todo el tiempo, siempre. Y si encima salgo sin arreglarme me escondo lo más posible porque siento que me vas a ver así o algún conocido tuyo me va a ver así y te vas a regodear en lo bien que estás después de todo... Y en cómo las cosas se dieron vuelta, porque yo era esa personita vivaz y alegre que se robó tu corazón con sus gestos y sus payasadas y vos eras introvertido, nunca habías tenido una novia formal, no sabías ni siquiera lo que era amar. 
Te descolocaba, me acuerdo. Me decías que no tenía sentido. Y no, el amor no tiene sentido. Te pone el corazón patas para arriba y te hace sentir infinito, aunque sea por un ratito. Y como creo tanto en el amor y lo que me genera es algo tan único, es que creo que me voy a volver a enamorar. Y voy a volver a ser esa torpe, sobre gesticulada y llamativa persona que era cuando te conocí. Y alguien se va a enamorar de mí. 
Y es que me esfuerzo por pensar más en mí y no tanto en vos ni en lo que podes llegar a pensar de mí. Porque es así, porque tengo que empezar a priorizarme, ver mejor a quién le entrego todo y por quien lo arriesgo todo y por quién no. No me queda otra.
Y aunque todavía te quiera, no te amo más, al menos no como te amaba antes, que hubiese dado la vida y más por vos. Y cada día que pasa duele un poquito menos y me convenzo un poquito más de que en algún momento voy a amanecer sin pensarte en todo el día. Y me pongo ansiosa, no puedo esperar a que llegue ese día.

Ese día, esa semana, ese mes… El momento que sea donde ya no estés más en mis pensamientos y en todo lo que siento y que tu recuerdo no sea más que eso, un recuerdo, y no una herida sangrante. Y aunque algunas marcas no se borran, espero poder borrar ese sentimiento de vacío inmenso que me dejaste adentro y de a poco ir llenándolo de mí. De mis deseos. De mis proyectos. De mi futuro. Porque no pienso dejar de viajar y abrirme y conocer gente y lugares y proyectarme. De reencontrarme conmigo misma y de sentirme de nuevo yo.